El
Salado, 12 años después.
Adela Colorado
Sí hijo, el horror entró en nuestra tierra, nuestro suelo
se bañó de sangre blanca y pura, mis entrañas eran comidas por el fuego, por el
duro y estremecedor sonido de los tiros, por los gritos del verdugo y el gemido
doloroso de la tortura rompía el aire como puñales afilados; sentía en mi
cuello el aliento de la muerte, la noche fue eterna, el amanecer no daba
señales de su existencia. Sentía que ya no podía respirar, mi mente ardía, los
deseos y los recuerdos corrían dentro de mi sin control, buscando entre las
tinieblas de mi existencia, un sorbo de esperanza; y tuve un sueño, soñé la
muerte de Satanás. El campo estaba limpio, libre, volaban los deseos cumplidos
sobre la hierba húmeda. Esa humedad ya no eran ni lágrimas ni sangre, era agua
de Dios, vencedor único de la batalla. A Él lo vi agachado recogiendo trozos de
corazones rotos, armándolos con gran delicadeza y cubriéndolos con un suave
manto que aseguraba su entereza. Las
lágrimas las lanzó al río y nos dijo que debíamos emprender el soñado viaje al
sol.
Esto hijo, lo viví en la tierra donde te engendramos, en
El Salado, un corregimiento del Carmen de Bolívar, sembrado en los Montes de
María, una región productiva por sus tierras, pero víctima de esa riqueza
natural. Era un territorio apetecido
y presa codiciada por los grupos al
margen de la ley, no solo por su privilegiada ubicación geográfica, sino también por el abandono y olvido por parte
del Estado y la falta de control institucional sobre el comercio.
Han
pasado 12 años desde que ocurrió una de las masacres más espeluznantes de
nuestra historia. Los días 16, 17, 18 y 19 de febrero del año 2000, el pueblo
fue invadido por más de 300 demonios que se mataban entre ellos, y que además
arremetieron contra la población, matando con la mayor sevicia jamás imaginada
a más de 100 personas que tranquilas dormían y vivían con su simplicidad.
Durante esos días, el sol ardiente secaba rápidamente los sonidos del horror,
el silencio era mortal, los animales huyeron, no era posible escuchar el crujir
de las hojas debajo de las patas de las iguanas, ni el trinar de un pájaro; el
viento huyó, dejando inmóviles las ramas de los árboles. Hoy, 12 años después, esta tierra aún nos
cuenta la historia de esa Colombia violenta, y ojalá nunca deje de contarla,
pues es la única manera de no repetir errores de esa magnitud. Para eso es la
historia hijo, para corregir, intervenir y reconstruir. Porque los recuerdos
duelen a los cautivos de la guerra, duele ver a sus hijos atrapados por el
hambre, duele verlos tocar la tierra y el calor con sus pies descalzos; solo
las pocas lágrimas que les quedan son las que logran humedecer su piel seca, su
cabello arrugado, su alma marchita. Y los hijos de la guerra somos todos los
hombres, todos, hijo, por eso te cuento y regreso aquí a esta tierra de mis
recuerdos, a esta población invisible que deseo sientas y toques. Deseo que
cada una de mis historias sean una semilla sembrada en ti, para que a lo largo
de tu vida puedan germinar y ofrecer frutos de esperanza a la humanidad, porque
aún nos queda la vida para ver el amanecer.
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